2 jul 2007

Recortes: lucas, sus pudores.



En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen
hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el
mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan
hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida est apenas a
tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es
seguro que a pesar de los esfuerzos que ha el invitado ausente para no manifestar sus
actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún
momento reverberar uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias
menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico
de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad
del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay
neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente,
es decir que todo empezar lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la
misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una
detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y
agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como
inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los
pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo,
agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del
conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse
sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños
de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable
transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un
segundo a otro resonar el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la
gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no
están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las
tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada,
Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por
traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado
mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa
Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian:
Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta
anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que No hay placer más
exquisito que cagar bien despacito ni placer más delicado que después de haber
cagado.
Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar exento de todo peligro de
ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en
el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una
buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los
condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta
cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con
lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.
Julio Cortazar, Cuentos.

Recortes: continuidad de los parques



Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes,
volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por
la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su
apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la
tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su
sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante
posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el
terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo
los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en
seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo
rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del
alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los
ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido
por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se
concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la
cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante,
lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la
sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las
ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un
diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que
todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del
amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de
otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares,
posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente
atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano
acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la
puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda
opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez,
parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no
ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del
porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la
mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto,
dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón,
y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de
terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Julio Cortazar, Cuentos.

30 jun 2007

Recortes: historia verídica


A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con
las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan
muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido
vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y
adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de
curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor
inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato
comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el
milagro ha ocurrido ahora.

Julio Cortazar, Cuentos.

29 jun 2007

Recorte: instrucciones para dar cuerda al reloj

INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una
cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas
muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de
rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y
pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un
nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que
hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu
muñeca.
Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda
para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las
vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan
el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te
regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan
la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres
el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.



Julio Cortazar, Cuentos.

Recortes: diario de 360º



…“La invención de la imprenta, al coincidir con el redescubrimiento de los clásicos grecolatinos, facilitó enormemente la difusión de sus obras. Ambos hechos son consustanciales al Renacimiento, del que forman su núcleo central. El número de lectores no había aumentado sensiblemente. Pero lo que sí aumentó de forma considerable fue el número de libros a los que era posible tener acceso, y el conocimiento del griego y del latín, entonces muy extendido, propició la difusión de conceptos inexistentes en las lenguas romanas. El escritor, incluso el lector, se convirtieron en personas de gran influencia social. Sabían más. Entendían mejor el mundo y se entendían mejor a sí mismos. Gracias a la lectura, sugerencias conceptuales o estéticas inventadas por otro iluminaban de súbito su vida cotidiana. Luego, la novela moderna aportó una visión del mundo muy diferente a la de los poetas y a la de los filósofos. Una representación verbal de la vida no reductible a la formulación lógica ni a la emoción poética, y que tampoco es susceptible de ser resumida, de ser expresada en palabras distintas de las que configuran el propio texto. El número de lectores aumentó considerablemente en el curso de los siglos XIX y XX, si bien la lectura instrumental, la lectura de textos de carácter práctico en los que el enunciado agota el significado se ha extendido siempre en proporción mucho mayor que la lectura creadora. Es probable que hoy, cuando el analfabetismo ha desaparecido De Occidente, la proporción de lectores no instrumentales sea sin embargo comparativamente la misma que hace doscientos años. La conjunción de informática y audiovisuales consolidará sin duda la figura del lector instrumental o técnico. Es decir: un tipo de lectura que no es equiparable a la lectura creadora, en la que lo importante no es el extracto, resumen o información que de ella pueda recibirse, sino el poso dejado en el lector por esa experiencia intransferible que es la de incorporar a la propia vida a través del intelecto las palabras inventadas por otro.”


“Diario de 360º”
Luis Goytisolo.